El juego y los juguetes
La niñez es una etapa de aventuras, misterios y desafíos… aunque nos hayamos olvidado, durante esos primeros años hemos sido capitanes, exploradores, investigadores. Un poquito de memoria nos puede ayudar… ¿y porqué es así?
La naturaleza, tan sabia ella, nos dota durante ese tiempo de todo lo necesario. Una imaginación en pañales, sin perjuicios ni ataduras, una conciencia ensoñada que nos evita los trajines de preocupaciones vanas… vanas a esa edad… la supervivencia, la vocación, las inquietudes diarias.
El niño puede y debe vivir “su mundo” y allí todo es posible.
Esos tiernos años abren las puertas del desarrollo de todas las capacidades que de adulto serán fundamentales. Hablemos de algunos de estos aspectos: La imaginación y los sentidos.
Ellos son las ventanas al mundo con las que venimos equipados. Pero sólo las traemos, desarrollarlas, cultivarlas es una de las tareas de esos años. Generalmente tenemos claro el sentido visual y el auditivo, pero los demás… Nos resulta evidente que el oído puede cultivarse, que el ejercicio de la música sea instrumental o cantada nos va permitiendo percibir una gran variedad de sonidos. Que el sentido visual se incrementa a través de las formas y colores que nos rodean o que realizamos, también suele resultarnos obvio. Pero no tenemos la misma claridad con respecto a lo necesario que es el desarrollo del tacto, del sabor, del olor, del equilibrio interno, del propio movimiento y el de los demás, la necesidad de aprender a percibir a los otros, cuándo algo es materia viva o no… y todo esto puede y debe cultivarse.
El niño necesita experimentar su entorno. Observemos un pequeñín, cómo lleva todo a su boca, prueba sin tapujos la arena, la tierra, todo cuanto llegue a sus manos irá a parar a su boca… eso es sabio. De ese modo distingue no sólo a través de los ojos sino de la boca. El sabor y el tacto dan su aporte para aprehender “esencialmente” eso que se está conociendo.
Esto nos lleva directo al tema juguetes. Ellos son los medios prioritarios en la vida de un niño. Los adultos solemos guiarnos, para la elección de los juguetes, por nuestra actual etapa de vida. Pero no… deberíamos sumergirnos en el mundo infantil para que la elección sea correcta.
El juguete debe estimular, animar, ser un desafío en sí mismo. Por eso los juguetes confeccionados o construidos con elementos naturales son los apropiados. La madera o la tela aportan lo que los sentidos necesitan para su cultivo. Un autito de madera ha sido árbol y con tal impronta da la energía y la vibración de aquello que fue. La física nos informa detalladamente cómo cada elemento posee su propia vibración. Las moléculas que lo componen bailan su danza particular. Así el tacto se enriquece al contacto con el algarrobo o el pino, cada uno le cederá su secreto.
La seda o el algodón son más fáciles de identificar. Hagamos la prueba; toquemos estas texturas durante un rato, sin dejar que los pensamientos interfieran, y observemos lo que sucede en nuestro interior. Cada uno nos producirá sensaciones diferentes. Y la suma de estas experiencias nos enriquecerá.
El plástico ha sido “sustancias químicas transformadas” a partir de la manipulación del hombre. Su antecedente no guarda relación con el árbol o el capullo o la fibra vegetal. Estos antecedentes son vivos y guardan la calidez de las vibraciones de la vida. El plástico procede de sustancias inorgánicas y guarda la frialdad de lo inorgánico.
Tengamos presente que el conocer se alimenta de la observación y ésta de la percepción. Cuantos más detalles de un objeto podamos percibir mayor será nuestro conocimiento sobre ese objeto, nuestras apreciaciones y luego nuestros juicios serán mejores. Nuestro pensar necesita información para trabajar bien y esa información proviene de los sentidos. Pero si no han sido cultivados… poco pueden aportar.
A todo esto se le agrega un componente trascendental: la imaginación. Es en la infancia donde esta capacidad despierta y se desarrolla. Un niño transforma todo de acuerdo a sus necesidades internas. La naturaleza nos da el juego para que ello sea posible. Así el niño transformará sus juguetes según su necesidad del momento. Es por ello que el juguete debe dar margen para que la imaginación ponga lo suyo. El niño precisa que todo lo que llegue a sus manos pueda se completado desde su interior. Los adultos vemos una muñeca sin carita o apenas sugerida y nuestras estructuras internas nos comunican “le falta la cara”. El niño no posee dichas estructuras y ante la misma muñeca, desde su interior brotan los ojos azules o negros, la boca risueña o fruncida según los menesteres de su juego. Ella será princesa o mendiga… el autito será de carrera o servirá para transportar al príncipe según lo condicione el cuento interior.
Einstein afirmaba que la imaginación lo es todo…. ¡Y claro que es así! Ella es la base de nuestro ingenio y nuestra creatividad. Démosle margen a su cultivo.
Por lo tanto, como adultos, debemos ser concientes de que los elementos con los cuales juega un niño no son meros elementos para el entretenimiento… son sus herramientas para el aprendizaje. Para ser explorador, aventurero, constructor e investigador el niño necesita que aquello con lo que comparte su vida, aquello que sus manos tocan, le brinde estímulos para el cultivo de sus sentidos y de su imaginación.
Ana Elisa Reinhardt