Los
primeros tres años
Conócete
a ti mismo… decía Sócrates. Cuán profundo y actual resulta este mandato hoy.
Todos sentimos íntimamente la necesidad de conocernos, quiénes somos, cómo
somos en realidad. Y aún más sentimos la necesidad de conocer al ser humano en
sí. Aquí estamos reunidos hoy para hablar de los primeros años de la infancia.
Por qué? Porque hoy día necesitamos estudiar, aprender, no tenemos instintos
que nos digan qué hacer ante un ser humano en desarrollo. Hemos sido niños,
pero eso o nos habilita ni nos sirve. El olvido puso su manto sobre lo íntimo,
lo intrínseco de lo que nos sucedió durante ese tiempo. ¡qué sencillo cuándo el
saber cómo criar, cómo educar surgía espontáneamente! Los dioses nos dejaron
libres y ahora debemos hallar las respuestas solos.
Visualicemos
un bebé. Se ha formado a partir de un germen pequeño y redondo. Poco a poco,
protegido en el vientre materno ha desplegado cual crisálida. Un gesto de
apertura, un desenrollarse. Sale al mundo desde su cabeza y hoy día hasta puede
suceder que en ese momento nos mire.
Se
produce entonces el milagro del primer aliento. Comienza a respirar oxígeno. El
alma nace a la vida con el aliento y deja la vida con el aliento.
En el
ser humano se conjugan dos vertientes. La biológica hereditaria que permite la
construcción del cuerpo físico y la espiritual que se incorpora a ese cuerpo.
Durante
los tres primeros septenios el Yo como núcleo espiritual del hombre trabajará
moldeando lo heredado, procurará hacer de ese cuerpo recibido su morada para
cumplir con su sino, con su misión y para evolucionar como ser. La tierra es la
gran escuela del Yo. De encarnación en encarnación el hombre debe evolucionar
para llegar a ser lo que debe ser.
Observemos
al pequeño recién nacido. Comienza un proceso de encarnación. Su cabeza es lo
más significativo. Ella presenta la forma más acabada. Tronco y extremidades
están anunciadas, esbozadas pero…cuánto les falta para llegar a ser lo que
deben ser.
En la
cabeza sobresalen los ojos y la frente. La nariz y las mandíbulas también están
insinuadas. El proceso de encarnación es de arriba hacia abajo. El hombre
desarrollará y se apropiará de su cuerpo desde arriba.
Trae
un ayudante consigo. La capacidad innata de respirar y de succión. Ese primer
oxígeno permite al alma iniciar su tarea. La succión espontánea la continúa.
Todo lo demás deberá aprenderlo.
Porqué
el oxígeno? al respirar introducimos algo del mundo externo en nosotros mismos,
comienza un intercambio con el medio. Recibimos algo del mundo y entregamos,
trasformado algo al mundo.
Porqué
la succión? Comienza el movimiento interno. Lo motor es accionado por el Yo.
Las mandíbulas muestran la acción del impulso volitivo.
Hoy
día vemos en los niños esta acción, presencia del YO, en el movimiento de los
ojos. La mirada, antes tardaba unas cuatro a seis semanas, hoy día es casi
inmediata.
Surgen
los movimientos desordenados y desorganizados de sus extremidades. Allí está lo
volitivo pero responde a estímulos de otro orden. Aún no están al servicio del
Yo.
Andar,
hablar pensar… los tres grandes logros de los tres primeros años. Un milagro,
un prodigio ante nuestra mirada. La conciencia durante este periodo es una
conciencia ensoñada. Conciencia como “saber de qué se trata” aún no está,
llegará poco a poco.
La
entrega del niño es total, su conciencia no permite otra cosa. Pensemos en
nosotros en los momentos de ensoñación, estamos entregados sin percatarnos de
la realidad de lo que pasa.
Un autor español, José María Valverde dice que eso
de andar erguido, como el hecho de hablar son dos rasgos que al hombre lo desnaturalizan. Lo separan del resto de
los seres que habitan nuestro planeta tierra.
Humorísticamente afirma que andar en dos pies,
forzando el esqueleto y los nervios a lo largo de toda una vida no es
“natural”… y claro que no lo es… ¡es sencillamente prodigioso!
También señala que un niño debe andar antes de
hablar, ambos hechos están íntima y mágicamente relacionados. Por el otro lado
si no aprende a hablar en el momento fijado por el desarrollo no lo logra y
como ejemplo recuerda los informes sobre niños-lobos (Midnapur) a los cuales no
se logró “humanizar”.
Así tenemos como
primer logro: andar erguido. Separarnos de la tierra, elevarnos
sobre ella y desde ese momento comenzar a contemplarla desde arriba. Sería
bueno hacer la experiencia de deambular un ratito horizontalmente usando manos
y pies y ver “qué nos sucede”. La experiencia nos mostraría que nuestro espacio
virtual se reduce. Una cierta sensación sofocante nos invade y nos sentimos
“presos”. Andar erguido nos da independencia, nos permite abarcar el espacio y
dominar el plano. Sostenernos en dos pies y tener los brazos libres nos genera
posibilidades infinitas. Nuestro cuerpo se transforma en una especie de
“compás” al que es dado absorber todas las energías, vengan de dónde vengan.
Por eso geometrizamos. No cultivaríamos la matemática si no estuviéramos
erguidos. Abarcamos adelante-atrás, derecha-izquierda, arriba-abajo.
Otra prueba: elevar la mirada desde la
horizontalidad o desde la verticalidad… gran diferencia. El cielo no existiría
para nosotros si no estuviéramos erguidos.
Observemos el proceso. La cabeza se sostiene. Del
dominio de la mandíbula y de los músculos necesarios para la deglución pasa a
dominar la musculatura del cuello. La mirada le permite buscar… encuentra sus
manos y juega con ellas. Van y vienen, las toca.
Comienzan a jugar un papel trascendente los
sentidos. Ellos se activan al servicio del ser. La
función hace al órgano. Como en todos los casos de la ejercitación y puesta
en acción de los sentidos los órganos correspondientes podrán desarrollarse de
manera sana. El tacto va marcando los límites de su ser. Hasta aquí llego.
Esto me pertenece. Surgen los pies, muy juguetones
aparecen y desaparecen del campo visual. Las manos los toman.
La necesidad de movimiento controlado permite los
intentos de deambular. Sostener el cuerpo con los brazos, arrastrarse, gatear y
finalmente erguirse. El Yo ha conquistado la verticalidad. Ahora el espacio
comienza a ser aprehensible en cuatro direcciones. Y esto nos humaniza.
Los animales permanecen en la horizontalidad.
Steiner señala las direcciones de los reinos. El vegetal orientado hacia la
tierra. Hunde su ser en la tierra y arraiga allí. Desde allí se dirige al
cosmos para recibir su energía. El animal permanece orientado al plano de la
tierra. El hombre se yergue hacia el cosmos. Apoya en la tierra su planta sin
hundirse en ella, es soporte para recorrerla pero no lo fija, no lo retiene. Su
centro irradia hacia el cosmos. Nos sentimos “arriba”.
Caminar da un objetivo muy preciso a cada una de
las extremidades. Las inferiores para deambular, las superiores están en
libertad. Su acción no está condicionada. Le permitirán ser instrumento de la
creación y de las acciones más sublimes, ser gesto de la veneración y devoción.
Los brazos y manos en libertad dan la posibilidad
de exteriorizar movimientos de alma. Lo gestual. La comunicación por gestos,
mímica. El rostro adquiere la posibilidad de transmitir movimientos del alma.
Se desarrolla el habla a partir de lo motor. Veamos
el habla como la manifestación de movimientos internos. Al escuchar el lenguaje
el niño recibe e incorpora esos sonidos. Son vibraciones que se internalizan y
desde allí moldean los órganos de fonación. No se aprende a hablar si no se
escucha. Cada niño nace con la potencia para aprender cualquier idioma. Sus
órganos de fonación no están terminados. Son las vibraciones que reproduce
internamente las que lo modelarán.
Es fundamental que el adulto hable en un lenguaje
pulido con un vocabulario amplio. Que su tono y su modulación sean correctas.
Eso le permite al niño construir su andamiaje de comunicación con el mundo.
Y aún más, porque sobre la base del habla se
construye el pensar. El pensar del niño será más rico cuánto más pulido sea el
lenguaje incorporado. Cada vibración moldea los elementos del pensar. El
cerebro recibe las ondas vibratorias y activa sus funciones.
La riqueza de expresiones idiomáticas activa la
riqueza de alternativas del pensar.
En el habla comienza un proceso de intercambio a
nivel anímico con el mundo. Con el andar conquista el espacio, con el habla
conquista el tiempo porque los sucesos anímicos transcurren en el tiempo.
El nacimiento del pensar lo situamos en el momento
en que el niño puede organizar y establecer relaciones. Cuando comienza a
hablar nombra. Son los sustantivos los primeros en aparecer. Nombra los objetos
y con ellos les da existencia. No existe aquello que no tiene nombre. Sus
sustantivos son globales, expresan conceptos. Trae desde el mundo espiritual los
arquetipos que le permiten reconocer en aquello a lo que se enfrenta un objeto.
Percibe del hablar adulto el sustantivo que se condice con su arquetipo y al
reconocerlo lo nombra dando realidad al objeto.
Luego agrega un verbo. La acción se une al sustantivo
y esto ya proviene de la experiencia con ese objeto. Tía come.
Llega un momento en que el proceso de encarnación
permite el reconocimiento de algo trascendente: sí mismo. El niño dice Yo. Se
reconoce por primera vez separado del resto. No es uno más con el todo, es él y
el mundo. No es autoconciencia como en el adulto, es un sentimiento. Junto con
el sentimiento del Yo se inicia el pensar propio. Relaciona, asocia. Pero..
cómo se manifiesta este Yo al mundo externo? Se enfrenta. Se opone. Dice NO.
Ese periodo de rezongos y caprichos muestran al Yo tratando de posesionarse de
su nuevo cuerpo y su vida anímica.
Se desarrolla ahora esa parte media. El sentir, los
movimientos del alma en el sentir. Lo observamos en el juego. Armar, desarmar.
Acción repetida hasta el cansancio, una y otra vez. Juega con aquello que tiene
en su entorno. Veo- quiero parece ser el sino de esta etapa. (hermanitos)
A los cuatro años el Yo ha logrado asentarse y se
transita un periodo de calma y armonía. El juego creador hace su aparición.
Fantasía creadora.
Es la edad de los cuentos de hadas. En ellos están
presentes los arquetipos de valores morales, de verdad y justicia. En imágenes
el niño se deleita con su contenido que pide una y otra vez.
Recién a los seis años surge un nuevo elemento: una
meta, un objetivo claro a conseguir a partir del juego. Apilar para construir
un puente por donde caminar…
Y ya estamos en los albores de un nuevo septenio.
Volvamos a este primer septenio. Tan rico, tan
pleno de maravillas y prodigios.
Si recordamos los pasos del desarrollo vemos cuán
estrechamente ligados a él está el despertar de los sentidos.
Todo se inicia con el tacto ligado a la succión. En
el contacto con el pecho materno el bebé busca el pezón y comienza a succionar.
Sin contacto la succión no se activa.
El niño todo lo lleva a la boca, todo lo toca.
Tacto, gusto, olfato… todo esto con el ejercicio permanente de sus miembros. Se mueve todo el tiempo.
Porqué? Ejercita así el sentido del movimiento propio. Al moverse siente y al
sentir se percibe. Eso que se mueve me pertenece… sucede de a poco. Se
incrementa al comenzar el arrastre y el gateo. Y llega el sentido del
equilibrio para conquistarlo cuando puede dar sus primeros pasos.
Al nacer es todo órgano sensorio… poco a poco cada
órgano se construye como sentido propio.
Todo se metamorfosea. Estos sentidos correctamente
desarrollados a nivel físico darán sustento a capacidades en el plano psíquico.
Formarán parte de la vida anímica. Equilibrio en las emociones, movimiento en
los sentimientos, flexibilidad para transformar lo negativo en positivo. Más
adelante en la vida y ya en el tercer septenio serán la base para la
construcción de los sentidos superiores. Percepción del yo ajeno, percepción
del lenguaje y el pensamiento de los otros.
El cultivo y desarrollo de los sentidos inferiores
es la base de sustentación del desarrollo humano. Debemos cuidarlos y
nutrirlos. Cómo? Dándoles el alimento correcto, la oportunidad.
En todo momento debemos preguntarnos ¿qué necesita
el niño?
Fundamentalmente: nuestra entrega a aquello que
hagamos. Aquí y ahora debe ser el lema. Estar presentes en todo momento.
No pensar algo diferente a lo que nos involucra, los pensamientos por un lado y
la acción por otro genera hiperactividad, desolación, abandono.
Ana Elisa Reinhardt