Ritmos
sanadores
Si
observamos a un niño pequeño nos conmueve su fragilidad, nos genera
sentimientos de ternura, un saborcito dulce nos invade y sentimos deseos de
protegerlo. ¡Y cómo no! Percibimos que
depende de nosotros para crecer, para desarrollarse.
Hemos
escuchado muchas veces que el ser humano es un microcosmos que refleja lo macrocósmico.
Ya los griegos abundaron alrededor de esta idea. Y también en esta otra: el
niño lleva en potencia todo lo que ha de ser. El pequeño bebé tiene en sí todas
las cualidades, todas las posibilidades.
¿Cómo
podrá desarrollarse fructíferamente? La respuesta es: viviendo una vida de
ritmos claros, donde la anticipación de lo que vendrá sea automática. Como si
uno entrara en una onda donde se deja fluir. El niño necesita que su vida
fluya. Dormir, comer, jugar; cuando son más grandes, hacer las tareas, ir a la
escuela, volver a jugar… todo en su lugar y en su momento. Imaginemos un carril
por donde se transita cómodamente, se mira el paisaje y se avanza. Los límites
del carril son las pautas dadas por el adulto. El camino bien apisonado sin
pozos ni quiebres será el camino allanado por los adultos…y por allí irá el
niño, creciendo, madurando, desarrollándose.
La
naturaleza nos brinda a cada paso imágenes que nos permiten comprender mejor
que la sola idea. Una semilla. Ella es germen…en ella está todo lo que la
planta será. La vemos pequeña, indiferenciada, algunas muy parecidas entre sí.
Los que no somos botánicos solemos tener serias dificultades para saber qué
clase de semilla es, sin embargo, allí está ella…pequeñita conteniendo lo que
será una futura lechuga….grandes hojas desplegadas al aire y a la luz,
comestibles y nutritivas, futuras zanahorias, donde lo jugoso y nutritivo yace
escondido, como tesoro que hay que descubrir, pero también puede ser un futuro
quebracho o sauce… ¡quién lo sabe!
La semilla
albergada en su madre, la tierra, comienza por dejar salir a la luz dos
pequeñas hojitas que aunque se trate de lechuga o zanahoria, poco se
diferencian entre sí. Habrá que esperar más para saber… si no se es
especialista.
En este
punto podemos decir que el ser humano bebé y la semilla se parecen. Ambos
albergan los secretos de un futuro. En ambos está latente lo que serán…pero aún
no muestran. Son pero aún no se han manifestado. La semilla necesitará buena
tierra, calor, agua adecuada para desplegar sus potencias. La naturaleza se
encarga… a veces el hombre ayuda…o no…pero
ese es otro tema…El bebé
necesitará que seamos su tierra, su calor, su agua para desenvolverse.
Y ahora las
diferencias… la semilla de lechuga sólo dará lechuga, la de zanahoria sólo
zanahoria… El bebé….¡vaya uno a saber!!!!!!
En la
naturaleza es el ser humano el ser que más indefenso nace…y eso es muy sabio.
Podríamos decir que tiene “tantas potencialidades en sí” que sólo las puede
contener muy, muy en germen… tan en
germen que “habrá que ver”… esperar mucho tiempo hasta que vayan asomando
poquito a poquito…pero sólo podrán hacerlo si la tierra, el calor, el agua, el
aire que recibe lo propicia. En su justa medida, en su justo tiempo.
En el
mundo natural reina la sabiduría. Allí, alrededor nuestro todo tiene un orden,
una razón de ser y cada cosa…su lugar. Tan sabia es la naturaleza y tan
ordenado lo tiene todo que una semilla de lechuga sólo va a dar una plantita de
lechuga…y un pichón de zorzal va a ser zorzal… los animales no se preguntan qué
van a ser.
Con ellos
la comparación es más cercana porque compartimos muchas cosas. De hecho hubo un
tiempo en que se preconizaba al hombre como un animal más inteligente y nada
más. Pero claro que no es así. El hombre posee algo que lo hace único y lo
diferencia absolutamente, ese algo es su Yo, único e irrepetible.
Los animales no
tienen problemas vocacionales. A ningún zorzal se le ocurre querer ser gato… Nace definido.
El hombre nace indefinido y esta indefinición le otorga libertad…es así para
que cada uno pueda desarrollar su destino… ir formando poco a poco las
herramientas que necesitará para llegar a ser lo que debe ser.
La
observación siempre nos enseña mucho. Así, si observamos los miembros
superiores de algunos animales y los comparamos con el hombre vemos lo
siguiente. En las terminaciones de estos miembros, en el caso de los animales, está
la impronta de lo que son, de aquello a lo que se dedican o dedicarán en el
caso de los cachorros. La garra servirá para agarrar, la cola del castor es una
pala… en el cuerpo están plasmadas las herramientas que necesita para vivir.
En el ser
humano no es así. Las suaves y delicadas manos de un niño sufrirán transformaciones
según cómo las utilice a lo largo de la vida. Es cierto que hay sutiles
diferencias que nos hacen anticipar al pianista o al escultor… dedos largos,
dedos en forma de espátula…pero en general esto no es definitorio. Hay que
observar las manos de un adulto para ahí si con bastante certeza ver las
huellas de aquello a lo que dedicó su vida…
Es tan
lento el desarrollo del hombre que necesita siete años para cada cosa. Y tres
veces siete para llegar a ser “un poco dueño de sí mismo”.
Es tan
delicado ese desarrollo que necesitamos, hoy por hoy, estudiar cómo deben ser
los cuidados que necesita.
La
naturaleza se encarga del cuidado de los animales. Nacen en un ámbito
geográfico determinado, con el soporte de ritmos adecuados para su desarrollo.
Las estaciones del año, los ciclos de la tierra, todo preparado para lo que
necesiten. El “hombre” no. Precisa que
“armemos”, “hagamos” ese ámbito. Los animales tardan poco en desplegar todo lo
que traen y poder actuar en el mundo. Para ellos no corre lo de los septenios.
En cada
uno de los tres primeros septenios hay algo que se desarrolla. Y para hacerlo
viene lo trascendente: la educación. Porque el ser humano sólo puede
convertirse en humano en contacto con otros hombres. Educación sólo es
aplicable al “hombre”, en el caso de
los animales podemos hablar de entrenamiento pero no de educación. Educar es
sacar fuera, conducir… para ello hay que cuidar, dar el marco adecuado,
procurar el calor, la tierra, el agua, el aire. Y ahí somos responsables los
demás adultos que estamos en el entorno del niño.
El “hombre” es el único ser que tiene un
yo. Ese yo que sabe cuál es su misión, que trae consigo los dones que
necesitará, pero sólo en potencia…. Nosotros debemos cuidar que puedan brotar y
desplegarse.
Por eso es
importante conocer la naturaleza humana, los secretos de su desarrollo para dar
ese marco apropiado, para ser quienes posibiliten que “salga fuera”.
Ese marco
es el límite contenedor. Cuando trabajamos con materiales como el yeso o el
cemento vemos cómo necesitan para llegar a tener forma de un límite que los
contenga. Al contacto con el agua comienza un proceso de intenso calor. El
calor siempre anticipa transformaciones. Si simplemente colocamos el material
sobre una superficie se desparramará. Requiere de un contorno que anticipe la
forma. Entonces sí, llegará hasta los bordes y allí se quedará mientras el
proceso de fragüe lo vaya endureciendo. Cuando el calor se apaga la forma tiene
existencia.
Las
potencialidades del niño, todo aquello que será, es como el yeso blando que va
buscando su forma. Intenso calor y movimiento hay en un niño, intensa
ebullición que busca los límites de la forma para encontrarse… en este caso a
sí mismo, saber cuál es su forma. Pero el florecimiento del niño es más sutil y
requiere que ese marco sea lábil, los
golpecitos de la espátula que va y viene llevando la materia a su lugar hasta
que ésta se acomoda.
El primer
septenio es aquel en el cual se completa el desarrollo del cuerpo físico. Los
órganos internos completan su formación poco a poco. Pensemos en ellos como
dones que formarán “nuestras herramientas” para vivir. Un cuerpo sano nos dará
una mejor oportunidad de despliegue.
Volvamos a
los ejemplos y tomemos la arcilla, para modelarla es necesario que haya un
ritmo. Si observamos a un escultor vemos cómo su mano tensa y distiende el
material. Los ritmos dan forma.
En su
indiferenciación un bebé, un niño no saben qué necesitan. Nacen con el bagaje
de la
gran confianza, confianza en sus adultos para que ellos rieguen cuando
es debido y no haya inundación, para que den el calor adecuado y no, uno que
queme o seque, para que “tiendan y distiendan”.
Y es por
eso que el gran desafío del ser padres es guiar a los niños hacia ese ritmo
sano que necesitan para formarse y que sus dones broten. En el primer septenio
será el cuerpo físico y qué importante, ya que, como dijimos, es la herramienta
indispensable para vivir y ser. El cuerpo es nuestro soporte en la tierra. Si
está sano, el ser puede actuar y sólo actuando podrá encontrarse a sí mismo,
saber quién es, y desarrollar su destino.
Si
observamos la naturaleza vemos que ella, en su infinita sabiduría está regida
por ritmos y nosotros nos movemos dentro de ellos como pez en el agua. Qué pasaría si de pronto no saliera más el
sol… o si no se ocultara…
El niño no
trae consigo ritmos. Es decir, hasta esto debe ser adquirido. Por sí solo no
sabe cuándo conviene dormir o comer, y mucho menos qué, que abrigo ponerse o no
ponerse …y la sola naturaleza no lo ayuda.
Debemos
llevarlos poco a poco hacia los ritmos que le permitirán completar su desenvolvimiento.
Dormir temprano, siempre a la misma hora… un niño del primero y segundo
septenio debe dormirse no más tarde que las ocho de la noche. Dormir muchas
horas seguiditas. Todas esas horas nocturnas de sueño permiten que el cuerpo
etéreo, el de la vida, el de las energías vitales vaya trabajando sobre el
cuerpo físico y lo energice, restaure lo que haya que restaurar.
Esta es
una de las pocas sabidurías que aún nos queda ya que cuando estamos enfermos
solemos tener mucho sueño… eso es sabio, está más allá de nuestra voluntad. Y
si damos rienda suelta a ese sueño nos curamos. El niño pequeño tiene tanto que
hacer en su cuerpo físico que necesita aún más horas de sueño que las de la
noche, para él es indispensable la siesta… siempre rítmica, siempre a la misma
hora.
Desde que
deja la leche materna debe comer sano. Hay que tener un cuidado muy especial
con lo que un niño come porque sus órganos aún no están terminados. Y entonces
no pueden cumplir su función como lo hacen en el organismo adulto. Cada médico puede dar
la dieta más conveniente para cada niño en particular.
Y aquí
suele escucharse “no quiere comer”, o “no le gusta la verdura”. Es muy bueno
que el niño nos enfrente con un no quiero…lo malo es dejarse llevar por ello y
no darle lo que necesita. Debemos pensar que se conjugan dos factores “para ese no”.
Por un
lado puede ser que el niño no quiera crecer. El crecer no siempre es
bienvenido. Muchas veces nos negamos a ese paso del tiempo y nos gustaría
permanecer en alguna etapa de la vida. Hoy por hoy se observa mucho aún en los
adultos. Aquellos que no se resignan y quieren seguir siendo o pareciendo
adolescentes a pesar de haber pasado en largo la etapa. Se dice “no asumen los
años, o no asumen la vida”. Es porque no se han dado cuenta de lo hermosa que
es cada etapa. Claro que algo se pierde, si no se pierde algo no se puede ganar
algo nuevo. Inconcientemente el niño puede no
querer crecer y entonces hay que ayudarlo para que lo haga.
¿Por qué
el crecer da miedo? Porque siempre lo desconocido puede dar ese temor. No sé lo
que hay detrás de la colina… mejor me
quedo aquí, en el valle donde todo está a mano y conozco cada recoveco. Y entonces me pierdo la maravillosa visión
desde la cima…
Por el
otro lado el yo que siempre está allí, tiene el “no” como primera
expresión. Un filósofo llama al yo el que siempre dice no. Porque es su primera
forma de manifestación. El yo se acrecienta por oposición. Necesita topar,
chocar para saber que existe, que está ahí.
Esos no
de los niños son sólo un desafío. En nosotros está el tener que ser creativos….
El niño no
tiene experiencia de vida ni conciencia como para saber qué necesita.
¿Por qué
el ritmo es tan sanador?
Porque
permite la anticipación. Y podemos volver al ejemplo del valle desde otro
lugar. En este caso la imagen puede ser la de un camino. Las primeras veces que
lo transitamos nos alerta cada doblez, cada curva, el árbol justo en el recodo
que nos impide la visión, el vado cuya agua no nos deja ver cuán profundo es. Llevamos
al niño de la mano mostrándole cada accidente del camino. Dejamos que pruebe
que el vado no es hondo, que detrás del árbol o la roca el camino sigue… lo
hacemos una y otra vez hasta que el niño lo conoce bien, muy bien, cada palmo… y
puede caminarlo solo. El ritmo funciona así. Cuando un niño ha dormido una y
otra vez a lo largo de sus primeros añitos a la misma hora temprana, su cuerpo
adquiere sabiduría. Se imprime en su ser “la necesidad de dormir”. No nos
olvidemos que estos son “hábitos”. El hábito es algo que se hace regularmente y
que funciona como un despertador. Cuando llega el estímulo aparece la
necesidad. No hay que pensar en ello.
Los
adultos tenemos nuestros hábitos, algunos sanos y otros no. Pero pensemos en nuestro
modo de despertarnos, desayunar y salir “al mundo”. Solemos hacer las mismas
cosas de la misma manera. Y eso nos habilita para el día que vendrá. Y cuando
nuestro modo se interrumpe, porque nos quedamos dormidos por ejemplo, sentimos
incomodidad… no todo está como debe estar.
El niño va
formando los hábitos de lo que será su vida adulta. Si la alimentación es
regular, siempre a la misma hora y con el alimento que los órganos realmente
necesitan, entonces su cuerpo será sabio y el día de mañana le dirá desde lo
profundo, “hoy debes ayunar, ahora una manzana”…
El ritmo
genera tranquilidad porque el cuerpo sabe lo que vendrá. Un niño que no vive
inmerso en ritmos claros suele mostrarse nervioso, excitable, inquieto. Es una
profunda sabiduría innata la que golpea las puertas y dice: “y ahora qué, qué
viene después de esto”… y esa sensación le genera una angustia que se
manifiesta con “inquietud”.
Por eso el
gran desafío es “ser los adultos que ellos necesitan que seamos”, contenedores.
Como ritmo
y rito can de la mano estos últimos son la llave que nos permite abrir las
puertas de los primeros. El niño necesita del rito para sumergirse en el ritmo.
Ejemplo: a
la hora de dormir preparamos el ámbito, un vela con su suave lucecita, quizá
algún aroma particular, los mismos gestos al cambiar la ropa, la silla donde la
mamá o el papá se sientan para el cuento nocturno. Todos los días lo mismo… y
el niño querrá ir a dormir.
A la hora
de comer, la preparación de la mesa con su mantel, la distribución de los
lugares (es conveniente que sean siempre los mismos lugares para las mismas
persona), quizá un jarroncito con flores en el centro, la oración antes de
comer… y el niño disfrutará la comida en compañía de quienes lo quieren. Esto,
además prepara el terreno para que la comida sea siempre un verdadero momento
de encuentro familiar.
¿Cuántos
más podemos lograr?... seamos creativos y procuremos una ceremonia de cada
situación importante. No sólo los niños lo disfrutarán, nosotros también.
Ana Elisa Reinhardt
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