sábado, 14 de julio de 2012

Ritmos sanadores


Ritmos sanadores

Si observamos a un niño pequeño nos conmueve su fragilidad, nos genera sentimientos de ternura, un saborcito dulce nos invade y sentimos deseos de protegerlo. ¡Y cómo no! Percibimos  que depende de nosotros para crecer, para desarrollarse.
Hemos escuchado muchas veces que el ser humano es un microcosmos que refleja lo macrocósmico. Ya los griegos abundaron alrededor de esta idea. Y también en esta otra: el niño lleva en potencia todo lo que ha de ser. El pequeño bebé tiene en sí todas las cualidades, todas las posibilidades.
¿Cómo podrá desarrollarse fructíferamente? La respuesta es: viviendo una vida de ritmos claros, donde la anticipación de lo que vendrá sea automática. Como si uno entrara en una onda donde se deja fluir. El niño necesita que su vida fluya. Dormir, comer, jugar; cuando son más grandes, hacer las tareas, ir a la escuela, volver a jugar… todo en su lugar y en su momento. Imaginemos un carril por donde se transita cómodamente, se mira el paisaje y se avanza. Los límites del carril son las pautas dadas por el adulto. El camino bien apisonado sin pozos ni quiebres será el camino allanado por los adultos…y por allí irá el niño, creciendo, madurando, desarrollándose.
La naturaleza nos brinda a cada paso imágenes que nos permiten comprender mejor que la sola idea. Una semilla. Ella es germen…en ella está todo lo que la planta será. La vemos pequeña, indiferenciada, algunas muy parecidas entre sí. Los que no somos botánicos solemos tener serias dificultades para saber qué clase de semilla es, sin embargo, allí está ella…pequeñita conteniendo lo que será una futura lechuga….grandes hojas desplegadas al aire y a la luz, comestibles y nutritivas, futuras zanahorias, donde lo jugoso y nutritivo yace escondido, como tesoro que hay que descubrir, pero también puede ser un futuro quebracho o sauce… ¡quién lo sabe!
La semilla albergada en su madre, la tierra, comienza por dejar salir a la luz dos pequeñas hojitas que aunque se trate de lechuga o zanahoria, poco se diferencian entre sí. Habrá que esperar más para saber… si no se es especialista.
En este punto podemos decir que el ser humano bebé y la semilla se parecen. Ambos albergan los secretos de un futuro. En ambos está latente lo que serán…pero aún no muestran. Son pero aún no se han manifestado. La semilla necesitará buena tierra, calor, agua adecuada para desplegar sus potencias. La naturaleza se encarga… a veces el hombre ayuda…o no…pero ese es otro tema…El bebé necesitará que seamos su tierra, su calor, su agua para desenvolverse.
Y ahora las diferencias… la semilla de lechuga sólo dará lechuga, la de zanahoria sólo zanahoria… El bebé….¡vaya uno a saber!!!!!!
En la naturaleza es el ser humano el ser que más indefenso nace…y eso es muy sabio. Podríamos decir que tiene “tantas potencialidades en sí” que sólo las puede contener muy, muy en germen… tan en germen que “habrá que ver”… esperar mucho tiempo hasta que vayan asomando poquito a poquito…pero sólo podrán hacerlo si la tierra, el calor, el agua, el aire que recibe lo propicia. En su justa medida, en su justo tiempo.
En el mundo natural reina la sabiduría. Allí, alrededor nuestro todo tiene un orden, una razón de ser y cada cosa…su lugar. Tan sabia es la naturaleza y tan ordenado lo tiene todo que una semilla de lechuga sólo va a dar una plantita de lechuga…y un pichón de zorzal va a ser zorzal… los animales no se preguntan qué van a ser.
Con ellos la comparación es más cercana porque compartimos muchas cosas. De hecho hubo un tiempo en que se preconizaba al hombre como un animal más inteligente y nada más. Pero claro que no es así. El hombre posee algo que lo hace único y lo diferencia absolutamente, ese algo es su Yo, único e irrepetible.
Los animales no tienen problemas vocacionales. A ningún zorzal se le ocurre querer ser gato… Nace definido. El hombre nace indefinido y esta indefinición le otorga libertad…es así para que cada uno pueda desarrollar su destino… ir formando poco a poco las herramientas que necesitará para llegar a ser lo que debe ser.
La observación siempre nos enseña mucho. Así, si observamos los miembros superiores de algunos animales y los comparamos con el hombre vemos lo siguiente. En las terminaciones de estos miembros, en el caso de los animales, está la impronta de lo que son, de aquello a lo que se dedican o dedicarán en el caso de los cachorros. La garra servirá para agarrar, la cola del castor es una pala… en el cuerpo están plasmadas las herramientas que necesita para vivir.
En el ser humano no es así. Las suaves y delicadas manos de un niño sufrirán transformaciones según cómo las utilice a lo largo de la vida. Es cierto que hay sutiles diferencias que nos hacen anticipar al pianista o al escultor… dedos largos, dedos en forma de espátula…pero en general esto no es definitorio. Hay que observar las manos de un adulto para ahí si con bastante certeza ver las huellas de aquello a lo que dedicó su vida…
Es tan lento el desarrollo del hombre que necesita siete años para cada cosa. Y tres veces siete para llegar a ser “un poco dueño de sí mismo”.
Es tan delicado ese desarrollo que necesitamos, hoy por hoy, estudiar cómo deben ser los cuidados que necesita.
La naturaleza se encarga del cuidado de los animales. Nacen en un ámbito geográfico determinado, con el soporte de ritmos adecuados para su desarrollo. Las estaciones del año, los ciclos de la tierra, todo preparado para lo que necesiten. El “hombre” no. Precisa que “armemos”, “hagamos” ese ámbito. Los animales tardan poco en desplegar todo lo que traen y poder actuar en el mundo. Para ellos no corre lo de los septenios.
En cada uno de los tres primeros septenios hay algo que se desarrolla. Y para hacerlo viene lo trascendente: la educación. Porque el ser humano sólo puede convertirse en humano en contacto con otros hombres. Educación sólo es aplicable al “hombre”, en el caso de los animales podemos hablar de entrenamiento pero no de educación. Educar es sacar fuera, conducir… para ello hay que cuidar, dar el marco adecuado, procurar el calor, la tierra, el agua, el aire. Y ahí somos responsables los demás adultos que estamos en el entorno del niño.
El “hombre” es el único ser que tiene un yo. Ese yo que sabe cuál es su misión, que trae consigo los dones que necesitará, pero sólo en potencia…. Nosotros debemos cuidar que puedan brotar y desplegarse.
Por eso es importante conocer la naturaleza humana, los secretos de su desarrollo para dar ese marco apropiado, para ser quienes posibiliten que “salga fuera”.
Ese marco es el límite contenedor. Cuando trabajamos con materiales como el yeso o el cemento vemos cómo necesitan para llegar a tener forma de un límite que los contenga. Al contacto con el agua comienza un proceso de intenso calor. El calor siempre anticipa transformaciones. Si simplemente colocamos el material sobre una superficie se desparramará. Requiere de un contorno que anticipe la forma. Entonces sí, llegará hasta los bordes y allí se quedará mientras el proceso de fragüe lo vaya endureciendo. Cuando el calor se apaga la forma tiene existencia.
Las potencialidades del niño, todo aquello que será, es como el yeso blando que va buscando su forma. Intenso calor y movimiento hay en un niño, intensa ebullición que busca los límites de la forma para encontrarse… en este caso a sí mismo, saber cuál es su forma. Pero el florecimiento del niño es más sutil y requiere que ese marco sea lábil, los golpecitos de la espátula que va y viene llevando la materia a su lugar hasta que ésta se acomoda.
El primer septenio es aquel en el cual se completa el desarrollo del cuerpo físico. Los órganos internos completan su formación poco a poco. Pensemos en ellos como dones que formarán “nuestras herramientas” para vivir. Un cuerpo sano nos dará una mejor oportunidad de despliegue.
Volvamos a los ejemplos y tomemos la arcilla, para modelarla es necesario que haya un ritmo. Si observamos a un escultor vemos cómo su mano tensa y distiende el material. Los ritmos dan forma.
En su indiferenciación un bebé, un niño no saben qué necesitan. Nacen con el bagaje de la gran confianza, confianza en sus adultos para que ellos rieguen cuando es debido y no haya inundación, para que den el calor adecuado y no, uno que queme o seque, para que “tiendan y distiendan”.
Y es por eso que el gran desafío del ser padres es guiar a los niños hacia ese ritmo sano que necesitan para formarse y que sus dones broten. En el primer septenio será el cuerpo físico y qué importante, ya que, como dijimos, es la herramienta indispensable para vivir y ser. El cuerpo es nuestro soporte en la tierra. Si está sano, el ser puede actuar y sólo actuando podrá encontrarse a sí mismo, saber quién es, y desarrollar su destino.
Si observamos la naturaleza vemos que ella, en su infinita sabiduría está regida por ritmos y nosotros nos movemos dentro de ellos como pez en el agua. Qué pasaría si de pronto no saliera más el sol… o si no se ocultara…
El niño no trae consigo ritmos. Es decir, hasta esto debe ser adquirido. Por sí solo no sabe cuándo conviene dormir o comer, y mucho menos qué, que abrigo ponerse o no ponerse …y la sola naturaleza no lo ayuda.
Debemos llevarlos poco a poco hacia los ritmos que le permitirán completar su desenvolvimiento. Dormir temprano, siempre a la misma hora… un niño del primero y segundo septenio debe dormirse no más tarde que las ocho de la noche. Dormir muchas horas seguiditas. Todas esas horas nocturnas de sueño permiten que el cuerpo etéreo, el de la vida, el de las energías vitales vaya trabajando sobre el cuerpo físico y lo energice, restaure lo que haya que restaurar.
Esta es una de las pocas sabidurías que aún nos queda ya que cuando estamos enfermos solemos tener mucho sueño… eso es sabio, está más allá de nuestra voluntad. Y si damos rienda suelta a ese sueño nos curamos. El niño pequeño tiene tanto que hacer en su cuerpo físico que necesita aún más horas de sueño que las de la noche, para él es indispensable la siesta… siempre rítmica, siempre a la misma hora.
Desde que deja la leche materna debe comer sano. Hay que tener un cuidado muy especial con lo que un niño come porque sus órganos aún no están terminados. Y entonces no pueden cumplir su función como lo hacen  en el organismo adulto. Cada médico puede dar la dieta más conveniente para cada niño en particular.
Y aquí suele escucharse “no quiere comer”, o “no le gusta la verdura”. Es muy bueno que el niño nos enfrente con un no quiero…lo malo es dejarse llevar por ello y no darle lo que necesita. Debemos pensar que se conjugan dos factores “para ese no”.
Por un lado puede ser que el niño no quiera crecer. El crecer no siempre es bienvenido. Muchas veces nos negamos a ese paso del tiempo y nos gustaría permanecer en alguna etapa de la vida. Hoy por hoy se observa mucho aún en los adultos. Aquellos que no se resignan y quieren seguir siendo o pareciendo adolescentes a pesar de haber pasado en largo la etapa. Se dice “no asumen los años, o no asumen la vida”. Es porque no se han dado cuenta de lo hermosa que es cada etapa. Claro que algo se pierde, si no se pierde algo no se puede ganar algo nuevo. Inconcientemente el niño puede no querer crecer y entonces hay que ayudarlo para que lo haga.
¿Por qué el crecer da miedo? Porque siempre lo desconocido puede dar ese temor. No sé lo que hay detrás de la colina… mejor me quedo aquí, en el valle donde todo está a mano y conozco cada recoveco. Y entonces me pierdo la maravillosa visión desde la cima…
Por el otro lado el yo que siempre está allí, tiene el “no” como primera expresión. Un filósofo llama al yo el que siempre dice no. Porque es su primera forma de manifestación. El yo se acrecienta por oposición. Necesita topar, chocar para saber que existe, que está ahí.
Esos no de los niños son sólo un desafío. En nosotros está el tener que ser creativos….
El niño no tiene experiencia de vida ni conciencia como para saber qué necesita.
¿Por qué el ritmo es tan sanador?
Porque permite la anticipación. Y podemos volver al ejemplo del valle desde otro lugar. En este caso la imagen puede ser la de un camino. Las primeras veces que lo transitamos nos alerta cada doblez, cada curva, el árbol justo en el recodo que nos impide la visión, el vado cuya agua no nos deja ver cuán profundo es. Llevamos al niño de la mano mostrándole cada accidente del camino. Dejamos que pruebe que el vado no es hondo, que detrás del árbol o la roca el camino sigue… lo hacemos una y otra vez hasta que el niño lo conoce bien, muy bien, cada palmo… y puede caminarlo solo. El ritmo funciona así. Cuando un niño ha dormido una y otra vez a lo largo de sus primeros añitos a la misma hora temprana, su cuerpo adquiere sabiduría. Se imprime en su ser “la necesidad de dormir”. No nos olvidemos que estos son “hábitos”. El hábito es algo que se hace regularmente y que funciona como un despertador. Cuando llega el estímulo aparece la necesidad. No hay que pensar en ello.
Los adultos tenemos nuestros hábitos, algunos sanos y otros no. Pero pensemos en nuestro modo de despertarnos, desayunar y salir “al mundo”. Solemos hacer las mismas cosas de la misma manera. Y eso nos habilita para el día que vendrá. Y cuando nuestro modo se interrumpe, porque nos quedamos dormidos por ejemplo, sentimos incomodidad… no todo está como debe estar.
El niño va formando los hábitos de lo que será su vida adulta. Si la alimentación es regular, siempre a la misma hora y con el alimento que los órganos realmente necesitan, entonces su cuerpo será sabio y el día de mañana le dirá desde lo profundo, “hoy debes ayunar, ahora una manzana”…
El ritmo genera tranquilidad porque el cuerpo sabe lo que vendrá. Un niño que no vive inmerso en ritmos claros suele mostrarse nervioso, excitable, inquieto. Es una profunda sabiduría innata la que golpea las puertas y dice: “y ahora qué, qué viene después de esto”… y esa sensación le genera una angustia que se manifiesta con “inquietud”.
Por eso el gran desafío es “ser los adultos que ellos necesitan que seamos”, contenedores.
Como ritmo y rito can de la mano estos últimos son la llave que nos permite abrir las puertas de los primeros. El niño necesita del rito para sumergirse en el ritmo.
Ejemplo: a la hora de dormir preparamos el ámbito, un vela con su suave lucecita, quizá algún aroma particular, los mismos gestos al cambiar la ropa, la silla donde la mamá o el papá se sientan para el cuento nocturno. Todos los días lo mismo… y el niño querrá ir a dormir.
A la hora de comer, la preparación de la mesa con su mantel, la distribución de los lugares (es conveniente que sean siempre los mismos lugares para las mismas persona), quizá un jarroncito con flores en el centro, la oración antes de comer… y el niño disfrutará la comida en compañía de quienes lo quieren. Esto, además prepara el terreno para que la comida sea siempre un verdadero momento de encuentro familiar.
¿Cuántos más podemos lograr?... seamos creativos y procuremos una ceremonia de cada situación importante. No sólo los niños lo disfrutarán, nosotros también.
Ana Elisa Reinhardt

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